viernes, 9 de mayo de 2014

El cambio no está donde debe

Eileen Zermeño Leal
A01222072
Ética persona y sociedad
Grupo 12
El cambio no está donde debe
Resumen
Detrás del debatido tema del calentamiento global hay una serie de decisiones humanas que podrían ser reevaluadas a través de la perspectiva ética utilitarista. La idea actual de bienestar guiada por el ideal de progreso, la diferencia entre el enfoque de algunas cumbres internacionales respecto a la lucha contra el cambio climático, y los argumentos en contra de esta lucha son asuntos que se tratarán a continuación con el fin de señalar las posibles mejoras en el tratamiento de este desafío, como adoptar la propuesta del ecologismo personalista.
Palabras clave: cambio climático, calentamiento global, ética, utilitarismo, ecologismo personalista.
            
              No importa el lugar en el que se originen; su efecto en la atmósfera y el clima es uniforme. Los gases de efecto invernadero, taciturnos componentes del cambio climático, se identifican como un problema mundial (Gardiner, 2011). Es responsabilidad de las sociedades humanas frenar y, de ser posible, contrarrestar los efectos de sus acciones en el medio ambiente porque de esta manera no sólo se procurará el bienestar de unos cuantos.
            La huella humana en la problemática del cambio climático se divide en dos fuentes principales de emisión de gases invernadero: la agricultura, que incluye la deforestación para crear cultivos y agostaderos; y el uso de combustibles fósiles como fuente de energía (Sachs, 2010). Sin duda, es todo un reto económico y científico enfrentarse ante las consecuencias de la actividad humana. Sin embargo, para hacerlo, es fundamental no dejar la ética de lado.
            Una perspectiva señala que la civilización del consumismo logró romper la dinámica natural de los ciclos del orden y el caos durante la segunda mitad del siglo XX. De acuerdo con Manuel Guzmán Hennesy: “El problema del cambio climático global tiene un origen sistémico, anclado en la cultura del consumismo y en la ideología del progreso” (en Hevia, 2010, p. 563). Y es que en la década de los 30, como explica Nicolás Sosa (1990), John Maynard Keynes abrió la posibilidad del estímulo a la inversión y el empleo para llegar a una bienaventuranza económica, si bien –pensaba– en el futuro las personas habrían de enfrentarse a un problema de estacionamiento en cuanto al empleo de sus vidas y libertades una vez que la ciencia les solucionara los problemas inmediatos de subsistencia. Otros análisis contemporáneos del futuro también se mantenían optimistas, pues visualizaban al hombre en un tipo de existencia alumbrada y plenamente creativa. Pero la cuestión a los límites del crecimiento se hizo en el periodo que va de la Segunda Guerra Mundial a la Guerra Fría, en la que el crecimiento sin límites pasó a ser un crecimiento cero. A partir de este punto surgen otras interesantes aportaciones, como la de Philippe d’Iribarne sobre “no poner el énfasis en el crecimiento sin que sean corregidos los criterios del bienestar” (Sosa, 1990, p. 51).
También, Paul A. Samuelson abundó en la idea de la falta de realismo del Producto Nacional Bruto (PNB) en su libro Economics, y propuso el concepto de Bienestar Económico Neto (BEN) “como expresión de la resultante de deducir del PNB los costes sociales y perjuicios ocasionados en el medio ambiente para su obtención” (Sosa, 1990, p. 51).
            El enfoque económico de Samuelson era utilitarista (Nakai, 2012), teoría que Rachels (2007) define de la siguiente manera: “las acciones correctas son aquellas que producen el mayor balance posible de felicidad  sobre la infelicidad,  y en que la felicidad de cada persona cuenta como igualmente importante” (p. 168). El actual modelo de vida principalmente opulento, reflejado en el PNB de las naciones (Sosa, 1990), no va de acuerdo a la idea utilitarista de que el bienestar de cada persona es de igual importancia.
Desafortunadamente,  en el caso del cambio climático, aquellos países con la menor responsabilidad sobre las emisiones de CO2 son los más propensos a sufrir los mayores impactos. Esto es, en primera, porque  las naciones más pobres están desproporcionadamente ubicadas en las regiones más sensibles al clima; y en segunda, porque no pueden destinar tanto dinero ni recursos a solucionar los estragos causados por esta problemática (Gardiner, 2011). Por lo tanto, las naciones deben dejar de sobre producir gases de efecto invernadero de manera individual; pues así, a nivel colectivo, se evitarían los peligros globales del calentamiento de la Tierra y la desvalorización de los ciudadanos de los países menos desarrollados. 
En 1973, René Dumont desarrolló las siguientes tesis y conclusiones: “a) la asociación con la naturaleza, en lugar de su dominación; b) la imposibilidad de predecir el futuro, pero la conveniencia y necesidad de configurar el que queremos, y c) la preocupación por el ser más que por el tener” (Sosa, 1990, p. 54).  El último inciso implica un profundo cambio en las aspiraciones de las personas, tal y como Tulia Hernández (2011) observa en lo referente a la Conferencia de las Partes y la Cumbre Mundial de los Pueblos. Durante su quinceavo periodo de sesiones los países como Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guyana, Guatemala, México, Panamá, Perú, Trinidad y Tobago, Uruguay y Estados Unidos de América acordaron en la Conferencia de las Partes intensificar la cooperación en la lucha contra el cambio climático, con la meta de mantener el incremento de temperatura mundial por debajo de los 2° C y apoyar con tecnología, asesoría y recursos a los países en desarrollo. Sin embargo, lo antes expuesto no reconoce la posibilidad de “un cambio en el modelo de consumo o en los mecanismos de producción, para alcanzar un ambiente mejor. Mantiene el mismo modelo de desarrollo cuyo concepto está supeditado al crecimiento económico, en lugar del desarrollo y la justicia social” (Hernández, 2011, p. 77). En cambio, la Cumbre de los Pueblos (conformada por países sudamericanos y más de 200 organizaciones sociales de África, Europa y Asia) reafirma y favorece el derecho a la vida, proponiendo un hábitat adecuado, salud integral, agua y aire limpio como metas básicas.
De acuerdo con Hernández (2011), el ser humano es un componente más del sistema de la naturaleza. La relación entre este y los demás componentes “es indivisible, interdependiente y complementaria. Resulta imposible reconocer sólo los derechos humanos, sin provocar un desequilibrio en el sistema” (p. 78). Por consiguiente, el descuido del cambio climático por parte de los humanos puede resultar en una violación a los derechos de los seres vivos porque con ello son probables las siguientes consecuencias: menos agua y alimento, aumento abrupto del nivel del mar, fusión del permafrost, y la pérdida de la capacidad de absorción del CO2 en los ecosistemas (Norrild, 2011). “Los seres humanos son especiales de muchas maneras […] pero también es verdad que solo somos una especie entre los muchos habitantes de este planeta” (Rachels, 2007, p. 166). El utilitarismo fue revolucionario en la medida de que, gracias a los cuestionamientos de Singer, reconoció la idea de que los intereses de los animales sí cuentan.
Bajo esta luz, el cuidar el medio ambiente no sólo significaría atender las inequidades encontradas en el modelo de vida actual en donde no todos tienen acceso a lo propuesto por la Cumbre de los Pueblos, sino que también sería una forma de asegurarse de que la mayoría de los seres vivos goza de bienestar y de su derecho a la vida.
No obstante, existen posturas en contra de esto. Ellas sostienen que las personas no deberían actuar inmediatamente para frenar el cambio climático porque el aumento de la temperatura mundial durante la última década no ha sido el predicho por el Panel Intergubernamental Sobre Cambio Climático (PICC) de las Naciones Unidas.
Se dice que el aumento del CO2 no es tan dañino como las computadoras lo predicen, de hecho, en los invernaderos se suele aumentar la liberación de este gas para que las plantas tengan un mejor crecimiento. El progreso agrícola en el último siglo se atribuye en parte al aumento de CO2 en la biósfera (Allegre et al, 2012).
Si bien una parte del cambio climático se debe a cuestiones naturales del funcionamiento de la biósfera, es muy difícil decir con certeza por qué no deberíamos actuar. La ciencia que estudia este tema es muy compleja en sí misma, y requiere del trabajo de miles de científicos y observación a lo largo del tiempo. Por otra parte, se ha generado toda una campaña para desprestigiar la teoría del calentamiento global por parte de los gobiernos y empresas que están interesados en que el actual modelo económico se mantenga igual (Sachs, 2010). Lo que sí sabemos con certeza es que nuestra actividad en el planeta es la causa de que se liberen más gases de efecto invernadero de los necesarios. El promedio de emisiones de carbono globales, en toneladas métricas per cápita, fue de 4.9 en 2010 (The World Bank, 2014). Esto quiere decir que pasamos de emitir 5,000 teragramos mundiales de dióxido de carbono en 1950 a producir más de 32,000 teragramos en 2010 (EPA, 2013). Por lo tanto, las posibles imprecisiones en los cálculos del PICC no parecen razón suficiente para no intentar reducir nuestra huella de carbono, porque sabemos que no es natural y que tiene su origen en nuestro estilo de vida.
Un segundo argumento en contra es que de acuerdo a una auditoría efectuada por el científico J. Scott Armstrong, los procedimientos realizados por el PICC para sus predicciones sobre el calentamiento global violan 81% de los 89 principios fundamentales de la predicción climática; además de que la metodología seguida por el PICC no fue clara para Armstrong ni su equipo. Para poder entrar en un estado de alerta sobre el calentamiento global, se deben presentar tres situaciones de predicción: la primera, que la temperatura mundial aumente a largo plazo si no hay regulaciones; la segunda, que de forma neta haya consecuencias serias para el mundo; y la tercera, que las regulaciones que se implementen sean efectivas en cuanto a su costo a comparación de la alternativa de no hacer nada. Sin predicciones en las tres “patas”, no hay base científica para poner en marcha ninguna regulación (Armstrong, Green y Soon, 2011, p. 1).
Nuevamente, se habla de un conflicto detrás de la ciencia del calentamiento global. Es muy enriquecedor que surjan cuestionamientos de este tipo, puesto que ninguna autoridad posee una verdad absoluta y existe un valor en el debate.
Hay que recordar que las emisiones de gases de efecto invernadero no son lo mismo que el calentamiento global, pero generalmente se acepta que una lleva a la otra. Lo que quisiera plantear aquí es que “la idea de la infinitud de los recursos, y la consideración de la naturaleza como material disponible ilimitadamente para la producción” (Ballesteros, 1995, p. 18) ha logrado que seamos descuidados y que empecemos a valorar los bienes naturales cuando ya se están agotando. La extinción de algunas especies, la suciedad del aire y las aguas, y las extrañas condiciones climáticas que estamos viviendo quizá no sean indicadores fulminantes para todos los científicos, pero a algunos les hace preguntarse si estamos haciendo algo mal.
Por consiguiente, me gustaría hacer referencia al ecologismo personalista como propuesta. Esta teoría no separa la protección de la naturaleza de la protección de los individuos más humildes. También indica que es necesario adoptar un modelo de desarrollo sostenible y de solidaridad diacrónica en la economía. Por sus raíces kantianas, el ecologismo personalista defiende la prioridad de la persona sin dejar de lado la biodiversidad y la multiculturalidad. Busca que tu nivel de consumo pueda permitir una vida digna para las presentes y futuras generaciones (Ballesteros, 1995, p. 42).
Reflexiones finales
            A lo largo de este ensayo se han discutido las ideas detrás del cambio climático y el cómo no hemos estado actuando en beneficio de la mayoría. Resolver las consecuencias de este problema necesita de grandes cambios sociales, como los que señala el ecologismo personalista muy puntualmente. Considero que incluso si no nos metemos en este tema, hay muchas cosas que podemos hacer para ayudar a los demás y a nosotros mismos. Por ejemplo, quizá no sabemos sobre emisiones de gases de efecto invernadero, pero sí sabemos del tráfico y lo estresante que es estar en él. No usar el auto es una solución para ambos problemas, así como también es un remedio para nuestra tranquilidad. Lo mismo pasa con reducir nuestro consumo de carne: no hay que dejarla por completo si no queremos, pero por nuestra propia salud optar más por verduras, cereales y frutas. Esto tendría un impacto en la huella de carbono en la industria alimenticia, pues producir la carne libera muchos gases. De esta manera, aunque parezcan acciones insignificantes, el ver por los demás y por uno mismo forja el camino hacia el cambio colectivo. El verdadero cambio que se necesita.
           


Referencias básicas
Ballesteros, J. (1995). Ecologismo personalista. Madrid: Tecnos.
Hernández, T. (2011). Cambio climático: un problema global con diversas visiones. Comunidad y Salud. 9-1. Recuperado de http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1690-32932011000100010&lang=pt
Hevia, A. (2010). La generación del cambio climático global. Manuel Guzmán Hennesy. Polis, Revista de la Universidad Bolivariana. 9-25. Recuperado de http://www.scielo.cl/pdf/polis/v9n25/art32.pdf
Norrild, J. (2011). Cambio climático. Realidad y ficción. Estudios y perspectivas en turismo. 20-1. Recuperado de http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-17322011000100015&lang=pt
Rachels, J. (2007). Introducción a la filosofía moral. México: Fondo de Cultura Económica.
Sosa, N. (1990). Ética ecológica. Madrid: Libertarias.
Referencias complementarias
Allegre et al. (Enero 27 de 2012). No Need to Panic About Global Warming. The Wall Street Journal. Recuperado de: http://online.wsj.com/news/articles/SB10001424052970204301404577171531838421366?mg=reno64-wsj&url=http%3A%2F%2Fonline.wsj.com%2Farticle%2FSB10001424052970204301404577171531838421366.html
Armstrong, Green y Soon. (2011). Research to date on Forecasting for the Manmade Global Warming Alarm. Recuperado de http://science.house.gov/sites/republicans.science.house.gov/files/documents/hearings/Report%20for%20Congressional%20hearing-R14%20%282%29%20armstrong%20update.pdf
EPA. (2013). Global Greenhouse Gas Emissions Data. Recuperado de http://www.epa.gov/climatechange/ghgemissions/global.html#three
Gardiner, S. (20 de octubre de 2011). The Ethical Dimension of
Tackling Climate Change. Yale Environment 360. Recuperado de  
http://e360.yale.edu/feature/the_ethical_dimension_of_tackling_climate_cha
nge/2456/
Nakai, D. (2012). Three Dimensions of Classical Utilitarian Economic Thought ––Bentham, J.S. Mill, and Sidgwick––. Recuperado de: http://w4.stern.nyu.edu/accounting/docs/ISUS/Three%20Dimensions%20of%20Classical%20Utilitarian%20Economic%20Thought%20-%20Bentham,%20J.S.%20Mill,%20and%20Sidgwick.pdf
Sachs, J. (28 de julio de 2010). Making Sense of the Climate Impasse. Project
           syndicate. Recuperado de: http://www.project-syndicate.org/commentary/making-sense-of-the-climate-impasse
The World Bank. (2014). CO2 emissions (metric tons per capita). Recuperado de http://data.worldbank.org/indicator/EN.ATM.CO2E.PC/countries?display=graph







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