lunes, 22 de octubre de 2012


Luis Gerardo Martín del Campo Méndez

¿Qué fue primero, el trabajo líquido o las personas líquidas?

                Actualmente el trabajo se ve de forma diferente que hace 50 años. La globalización y el capitalismo, entre otras causas, han cambiado el concepto de trabajo y lo han vuelto líquido, inestable, cambiante, el centro de la vida y ha dado valor a las personas en proporción a la remuneración que se obtiene del mismo. Más importante que analizar el trabajo líquido, debe ser analizar a lo que llamo “Personas líquidas” puesto que esta es la razón real del deterioro de la sociedad. El trabajo líquido es solo el reflejo de estas “Personas líquidas”.

                El primer punto a analizar es la frase de Camps, “Este proceso  convierte al individuo en simple pieza de un engranaje, le despoja del poder y de la voluntad para intervenir en el proceso productivo”  de la cual se obtiene el concepto de humano como instrumento, como un objeto desechable, comprable, usable y atenta contra uno de los primordiales principios humanos, la dignidad. De esto nos habla Sennet en su libro La corrosión del carácter, en donde  encontramos la pregunta “¿Cómo puede un ser humano desarrollar un relato de su identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos? Esta pregunta es clave, puesto que remarca la falta de identidad personal a la que las personas son sometidas y que resulta en que nosotros mismos nos consideremos instrumentos con una sola función, trabajar para tener valor. Google es un claro ejemplo a revisar ya que arrasa con la competencia, monopoliza los servicios, trasciende por encima de naciones y aunque dentro de ella se procura crear un ambiente social, las personas viven para trabajar en Google, son  “Felizmente esclavizados”.

                Agregado a la instrumentalización del ser humano,  Bauman menciona que se ha perdido el compromiso y se ha desarrollado una individualidad excluyente en donde la mejor práctica de supervivencia es la conveniencia buscada a través de alianzas temporales y traición. Bajo este esquema, como Cortina y Conill hacen referencia en Cambio en los valores del trabajo, las personas se vuelven vulnerables y desconocen lo que les depara el futuro.  Este contexto nos lleva a la pregunta: ¿Qué valores puede tener una persona acostumbrada a trabajar en este tipo de sociedades? Hemos aprendido a ver por nosotros mismos, a pasar por encima de otros para lograr nuestros objetivos y a que el centro de nuestro accionar sea el poder y el dinero.

                Los humanos no somos los únicos afectados por esta situación, el medio ambiente resiente este cambio ¿Si nos vemos a nosotros mismos como instrumentos, cómo veremos a los seres vivos y sus ecosistemas que nos rodean? El abuso en la explotación de recursos se ha vuelto una actividad cotidiana en “pro” del desarrollo y sumergidos en nuestra avaricia, no vemos que este camino no tiene regreso, somos una plaga sin control.

                En resumen, una “persona líquida” es aquella instrumentalizada, falta de valores como compromiso y lealtad, vulnerable,  individualista y excluyente, con visión de progreso lineal, y cuyo valor reside en el dinero que puede generar. ¿Realmente somos esto? Lamentablemente el sistema hoy en día contribuye a que desde jóvenes empecemos a forjarnos para ser así. En la escuela tenemos clases con gente que no conocemos ni conoceremos, empezamos la etapa laboral endeudados y estamos prospectados a cambiar alrededor de 11 veces de trabajo.  Agregado a esto, la reforma laboral ha propiciado que se pueda abusar de la subcontratación u outsourcing, lo que creará aún más incertidumbre en la vida de los nuevos empleados. ¿Hay alguna forma de detener este ciclo de destrucción y corrosión social tan fuertemente establecido?

                Uno de los primeros pasos a tomar es cambiar nuestro pensamiento de desarrollo lineal por uno de desarrollo cíclico y debemos considerar a la vida por encima de todo interés económico, como se menciona en el artículo 51 del Manifiesto por la vida por una ética para la sustentabilidad pero, ¿Cómo lograr esto sin sacrificar el desarrollo y mejora continua? Oscar Motomura nos comparte los principios que él considera ayudarían a lograr esto. Estos principios tiene como base la acción efectiva deliberando para garantizar lo mejor para todos y respetando a cada ser vivo del planeta, el conocimiento de la situación y de sus repercusiones a futuro para planear la restauración y garantizar la vida y el bien común. Eugenio Galindo complementa estos principios con consejos útiles sobre sustentabilidad como el uso de fertilizantes naturales y el cuidado de los ciclos naturales de la tierra pero, lo que considero más importante es la llamada a la participación social, a involucrarnos con nuestro entorno y participar activamente el la reformación social mediante esto.  El cambio tiene que empezar en nosotros mismos y mediante acciones, ya sean pequeñas o grandes, debemos de contagiar a más y más personas con nuestras ideas. Definitivamente no será un camino fácil y habrá gente que quiera impedirlo pero creo fuertemente que la humanidad aún puede ser rescatada. Jorge Peralta Topete nos dijo en la entrevista “Abraza tus valores y muere con ellos” y creo que es lo mejor que podemos hacer para decidir cómo actuar en situaciones difíciles. La pregunta ahora es ¿Quieres ser rescatado?

Bibliografía

Manifiesto por la vida por una ética para la sustentabilidad. (17 de Mayo de 2012). San Pablo, Brasil.
Bauman, Z. (s.f.). La crítica como llamado al cambio. (R. Nederland, Entrevistador)
Camps, V. (s.f.). Paradojas del individualismo. En V. Camps, Paradojas del individualismo (págs. 139-157). Biblioteca de bolsillo.
Cortina, A. (2002). Cambio en los valores del trabajo. En A. Cortina, Cambio en los valores del trabajo (págs. 3-15). Sistema.
Leff, E. (5 de Agosto de 2002). Ética, vida, sustentabilidad. En O. Motomura, Principios éticos para "hacer que las cosas pasen" (págs. 27-35). Pensamiento ambiental latinoamericano.
Sennet, R. (s.f.). La corrosión del carácter. En R. Sennet, La corrosión del carácter (págs. 12-30). ANAGRAMA.

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