martes, 12 de mayo de 2015

El clima ético para hoy


Alan Daniel Valdovinos Uribe
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey
alanvaldo@hotmail.com
Resumen
            El tema del cambio climático ha ido cobrando importancia a lo largo de las últimas décadas hasta convertirse en uno de interés central para todas las naciones del mundo, lo cual era de esperarse y es que este tema envuelve una infinidad de problemas graves que actualmente nos afectan a todos y cada uno de los habitantes de nuestro planeta Tierra y que pueden empeorar en los próximos años. Además, su importancia es aún más grande por todas las implicaciones éticas, las cuales ponen en cuestión los sistemas económicos, políticos y sociales que hemos adoptado estos últimos años.
Palabras clave: recursos naturales, responsabilidad moral, derechos humanos, justicia, egoísmo ético, intereses comunes, sustentabilidad, capitalismo.
            La primeras interrogantes que nos pueden venir a la mente pueden ser: ¿cuál es el origen del cambio climático;  qué, quién o quiénes son los responsables de este problema; o será que la Tierra está entrando en una etapa natural de desequilibrios climáticos (entendiéndose natural como algo ajeno a las acciones del hombre)? Afortunadamente, gracias a los estudios científicos, ya tenemos las respuestas, los puntos de partida para abordar el problema. El origen está en nosotros, los seres humanos, por la excesiva quema de hidrocarburos desde la era industrial hasta la fecha y por la inmensa deforestación que hemos causado. Sin embargo, aunque fuimos causantes, nunca fuimos responsables moralmente de este problema. Si realizáramos un viaje al pasado hacia a mediados del siglo XVIII, época en que apareció la revolución industrial, entonces

seríamos testigos de la inmensa cantidad de recursos naturales que teníamos y no se nos hubiera cruzado por la mente que esa aparente infinidad de recursos alguna vez pudieran terminarse.
            Gracias a esta revolución los tiempos de producción se acortaron por las nuevas máquinas que funcionan a base de combustibles fósiles y empezó una sobreproducción acompañada con una sobreexplotación de recursos naturales y  un crecimiento exponencial de la población mundial, comenzando con 700 millones de personas a mediados del siglo XVIII, aumentando a 1000 millones a principios del siglo XIX, seguido de 2000 millones para el año 1927 y, a finales del siglo XX, ya éramos 6000 millones de habitantes con lo cual, tenemos que la población creció un 400% en un solo siglo.  Este crecimiento está evidentemente ligado con el incremento exponencial del uso de los recursos, energía, territorios para cultivo y vivienda y el incremento de desechos contaminantes (McLamb, 2011).  Además, el crecimiento incesante del mercado se tradujo  en la intensificación del ritmo de depredación de la naturaleza y de generación de desechos contaminantes, hasta llegar al momento en que percibimos que nos estábamos acabando los recursos y su renovación ya no estaba a la par con el ritmo de producción. Como se puede apreciar, esta manera de preocuparse por el medio ambiente es un fenómeno histórico reciente, pues las fuerzas productivas nunca habían sido capaces de causar un daño tan grande a la naturaleza que pusieran en peligro a la humanidad misma (Covarrubias, 2011).
            Los científicos han construido un esquema de la evolución del clima de la Tierra desde hace cientos de miles de años mediante complejos análisis y estudios de glaciares, árboles, restos de polen, sedimentos oceánicos y patrones en el orbitar de la Tierra. El record conseguido muestra que el clima ha estado cambiando naturalmente entre extensos periodos de tiempo (EPA, 2014). Entonces podríamos pensar que la Tierra está entrando en otra de esas etapas, pero no es así.   En general, antes de la Revolución industrial, los cambios en el clima pueden explicarse mediante causas naturales como los cambios en la

energía solar y las erupciones volcánicas. Sin embargo, el cambio climático reciente no puede explicarse con causas naturales, más bien, la actividad humana es la única causa que encaja perfectamente.
            Entonces, ¿por qué sí somos causantes, pero no responsables? La respuesta es simple, porque ignorábamos las consecuencias que iban a traer nuestros actos. Según Aristóteles, para que el individuo sea responsable de sus actos debe darse la condición de que el sujeto no ignore las circunstancias ni las consecuencias de su acción, o sea, que su conducta tenga un carácter consciente (Sánchez, 2006). Por ello, no podemos decir que todo aquel que contribuyó al cambio climático estaba actuando incorrectamente. Nadie sabía lo que se avecinaba por su actuar contra el ambiente. Sin embargo, ahora que ya sabemos cuál es la raíz del problema, esta es el desarrollo insostenible, todos somos responsables de cualquier acto que cometamos en contra del medio ambiente y la ignorancia ya no nos exime pues, según Sánchez ‘‘hay veces en que el agente ignora lo que pudo haber conocido o lo que estaba obligado a conocer. En pocas palabras, la ignorancia no puede eximirle de su responsabilidad, ya que él mismo es responsable de no saber lo que debía saber’’ (2006).
            La actividad humana contaminante contribuye al calentamiento global y este, a su vez afecta a la integridad de los ecosistemas, la biodiversidad y a la especie humana, por lo que al agravarlo causamos dichos efectos secundarios que, a final de cuentas, son violaciones a los derechos humanos. Barba los describe como ‘‘una colección, reunida en milenios de proceso humanizador y civilizador, de los privilegios legales de todo ser humano. Son un bagaje natural -una naturaleza sociojurídica- de toda vida humana que despierta sobre el mundo. Son la carta de entrada a la estructura de las relaciones sociales reguladas; una forma de naturalización social y jurídica por la recepción intergeneracional de una herencia racional y espiritual milenaria. Son la materialización jurídica del ideal forjado en la experiencia común de personas, grupos, pueblos y naciones.  (1997) y también Barba dice que ‘‘el derecho primordial de la vida exige respeto a su integridad, a su desarrollo pleno, a la sociabilidad necesaria para la satisfacción de las necesidades, el respeto a la familia a otros grupos de socialización, a la naturaleza, etc. Siendo la vida una condición común a tantas y tan diversas formas que pueblan la tierra, sentimos que el derecho a la vida es la verdad principio de toda enseñanza de los derechos humanos. Entonces, el derecho a la vida no es un derecho más, sino un valor que funda a todos los derechos humanos y el que les da sentido’’ (1997).
            Las personas más vulnerables a los efectos del cambio climático son aquellas que habitan pequeñas islas, a las orillas de los ríos, algunas regiones costeras y zonas cercanas al ártico. Igualmente vulnerables son aquellos habitantes de zonas áridas y semiáridas que sí bien, hoy día sufren de sequías, en el futuro, éstas podrán prolongarse. Otros grupos vulnerables son los ancianos y los niños y la gente que vive en pobreza, pues es más difícil que se adapten a cambios bruscos del clima. Por otro lado, el cambio climático no afecta solamente a los humanos, sino también a la integridad de toda la biodiversidad, de la cual depende la vida (COMEST, 2010). Al ver la definición de los DDHH que construyó Barba, nos damos cuenta de que estas personas, en efecto, sufren atentados hacia sus derechos, pues no tienen integridad y tampoco un desarrollo pleno. Están recibiendo un daño, entendiéndose, de acuerdo a Olivé como ‘‘aquello que directa o indirectamente interfiere con su capacidad para desarrollar las actividades esenciales para realizar su plan de vida, o que interfiere con las actividades mismas que constituyen ese plan de vida’’ (2004).
            Ahora que justifiqué el sentido de responsabilidad que tenemos todos con el cambio climático y sus efectos dañinos contra los DDHH, tenemos que tomar medidas para afrontar esta problemática que hemos creado, pero ¿cómo? La respuesta es realmente complicada. No se trata simplemente de imponer nuevas leyes que favorezcan el cuidado del medio ambiente a todos los habitantes del mundo. En realidad hay muchos temas en juego y uno de ellos es la justicia. ¿Qué naciones son culpables del cambio climático? ¿Su ignorancia sobre lo que han provocado las exonera?  ¿Las naciones que no contribuyeron al cambio, merecen la  carga de contrarrestarlo? ¿Aquellos afectados deberían recibir alguna compensación? (COMEST, 2010). Desde una perspectiva sociológica, la justicia significa igualdad de oportunidades, superación de distancias y liberación de situaciones humillantes, denuncia del orden establecido y compromiso para el cambio de estructuras generadores de desigualdades (Gil, 1999). Desde una perspectiva ética, está bien establecido el principio de que aquellos que tienen la habilidad de prevenir o aliviar un mal sufrido por otros y están en una posición de ejercer dicha habilidad sin sacrificar un valor más grande que el que es rescatado, tiene un claro deber de ayudar (COMEST, 2010). Dicho esto, no tendría sentido que una nación pobre sacrificará los pocos recursos que tiene para combatir el problema, sería como pedirle a alguien que no sabe nadar que fuera guardavidas. Sin embargo, sí sería éticamente sancionable que una potencia mundial, retomando el ejemplo anterior, fuera como un guardavidas profesional con la condición y el equipamiento para rescatar a una persona ahogándose, pero eligiera quedarse parado y rehusarse a hacer algo.
            La razón por la cual es éticamente correcto ayudar, aparte de ser un acto de generosidad, una de las virtudes descritas por Aristóteles, también tiene otra razón. Para explicarla, primero me gustaría tomar en cuenta la teoría del egoísmo ético. Según ésta, cada quien debe buscar exclusivamente su propio interés. Dice que nuestro único deber es hacer aquello que es lo mejor para nosotros mismos (Rachels, 2007). En todo caso, las naciones que no quisieran gastar sus recursos para el apoyo podrían justificar que sus intereses son más importantes que los de aquellos territorios vulnerables. También dicha teoría sostiene que cada uno de nosotros debemos dividir el mundo en dos categorías de personas -nosotros mismos y los demás-y que consideremos los intereses de primer grupo como más importantes que los del segundo grupo. Pero cada uno de nosotros puede preguntarse, ¿cuál es la diferencia entre mí mismo y todos los demás que justifique colocarme a mí en esta categoría especial, qué me hace tan especial? Al no contestar esta pregunta resulta que el egoísmo ético es una doctrina arbitraria. Está aserción nos lleva a la respuesta del porqué deben importarnos los demás. Los intereses de otras personas deben importarnos por la misma razón por la que nos importan nuestros propios intereses porque sus necesidades y deseos son comparables con los nuestros. Darse cuenta de esto, de que estamos en igualdad de condiciones unos con otros, es lo que constituye la razón más profunda de por qué nuestra moral debe incluir algún reconocimiento de las necesidades de otros (Rachels, 2007). En resumen, los demás son tan valiosos como nosotros y es nuestro deber respetarlos.
            Afortunadamente, para solucionar este tema de la justicia, ya se han tomado cartas en el asunto y un ejemplo de ello es el Protocolo de Kioto, el cual compromete a los países industrializados a estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero. Establece metas vinculantes de reducción de las emisiones para 37 países industrializados y la Unión Europea, reconociendo que son los principales responsables de los elevados niveles de emisiones de GEI que hay actualmente en la atmósfera. En este sentido el Protocolo tiene un principio central, el de la ‘‘responsabilidad común pero diferenciad’’ (UNFCC, 2014). Dicho principio está relacionado con la justicia distributiva con la cual, según Gil, ‘‘la sociedad tiene que tratar con justicia a sus miembros repartiendo equitativamente los derechos y los deberes, los poderes y obligaciones, las prerrogativas y las garantías, los ingresos y los impuestos, los premios y sanciones’’ (1999).
            Otro tema en juego es la responsabilidad que tenemos con las generaciones futuras. Aunque no estén en el aquí y ahora, debemos respetar y obrar por el bien de las personas que habitarán el planeta en el futuro, tenemos que respetar tanto su dignidad como la nuestra. Volviendo al egoísmo ético Thomas Hubbes sugirió que el principio de esta teoría conduce a la Regla de Oro: no debes ‘‘hacer a los demás’’ lo que no quieras que te hagan porque si lo haces, los demás muy probablemente ‘‘te lo harán’’ (Rachels, 2007). Desde este punto de vista, nuestro sentido de responsabilidad se pierde con las generaciones futuras, pues si contribuimos a la contaminación del medio ambiente, obviamente estaríamos perjudicándolas, sin embargo, cuando los efectos de nuestras acciones sean sufridos por ellos, ya no podrán tomar medidas contra nosotros pues, lo más probable, es que ya no estaremos. El egoísmo ético es ampliamente criticado y regir nuestro actuar acorde a sus principios resulta ser maligno. Empeora los conflictos de intereses, es contradictoria y no toma en cuenta la condición de igualdad que tenemos. Esta condición de igualdad es la base fundamental que nos llama a respetar a los demás, a respetar su dignidad. Siguiendo este razonamiento, los seres humanos que vivirán en el futuro también tienen dignidad y debemos contribuir a la solución del cambio climático para respetarla.
Por último, una vez discutidos los temas de la responsabilidad, los derechos humanos, la justicia y la dignidad y su relación con el problema del cambio climático, solo queda una pregunta, ¿cómo debemos de actuar para resolver el problema (siendo la solución un conjunto de acciones cuyos efectos se verán reflejados muy paulatinamente) y qué debemos cambiar para que esta resolución en verdad se ejecute? Si comienzo con la segunda pregunta y al retomar las causas del cambio climático -la sobreexplotación de recursos-, la respuesta a ésta es que el capitalismo ha sido el causante principal.  Bajo este sistema, la naturaleza queda reducida a simple objeto, a fuente de recursos, lo que abrirá paso a la mentalidad industrialista depredadora, que ve al hombre dependiente sólo de la civilización, pero no de la tierra: lo cual, según Descartes, ‘’es muy de desear no sólo por la invención de una infinidad de artificios que nos harán gozar sin ningún esfuerza de los frutos de la tierra, y de todas las comodidades que hay en ella’’ (Ballesteros, 1995). Pero los ritmos de la naturaleza no son los mismos que los ritmos de la sociedad capitalista. Un árbol talado, en tres meses puede entrar convertido en un escritorio e instalado en una oficina, pero ese árbol tardó 40 o 50 años en alcanzar su madurez y las sustancias químicas empleadas en la producción del escritorio tardarán cientos de años en ser degradadas por la naturaleza. La madera es solo un ejemplo, pero lo cierto es que el material de todos los productos siempre es tomado de la naturaleza. En resumen, el ‘‘medio ambiente’’ creado por el hombre en el proceso de humanización de la naturaleza, no ha significado otra cosa que la contaminación, depredación y destrucción de las condiciones naturales y de los ciclos vitales de otras especies (Covarrubias, 2011).
           
Para ajustar el régimen capitalista con nuestras necesidades actuales, se están discutiendo políticas del desarrollo sostenible que buscan armonizar el proceso económico con la conservación de la naturaleza favoreciendo un balance entre la satisfacción de las necesidades actuales y las de las generaciones futuras. El concepto de sustentabilidad se funda en el reconocimiento de límites y potenciales de la naturaleza, así como la complejidad ambiental, inspirando una nueva comprensión del mundo para enfrentar los desafíos de la humanidad de en el tercer milenio. Promueve una nueva alianza naturaleza-cultura fundando una nueva economía, reorientando los potenciales de la ciencia y la tecnología, y construyendo una nueva cultura política fundada en una ética de la sustentabilidad -en valores, creencias, sentimientos y saberes- que renuevan los sentidos existenciales, los mundos de vida y las formas de habitar el planeta Tierra (Tangencial, 2002).
Reflexiones finales
El cambio climático es un problema grave y tenemos que estar informados sobre los avances, sugerencias, convenciones, leyes y principios en torno al tema. Es nuestra responsabilidad cuidar de este mundo, nuestro único hogar y es indispensable la cooperación entre todos para aportar a su solución. El futuro de la humanidad y del planeta Tierra está en nosotros, no dejemos que toda su belleza se opaque en un futuro sin rumbo, sin vuelta a atrás.







Referencias
Básicas
Ballesteros, J. (1995). Ecologismo personalista. Madrid: Tecnos.
Barba, J.B. (1997). Educación para los derechos humanos. México: Fondo de Cultura Económica.
Covarrubias, Ojeda y Cruz. (2011, marzo). México: La sustentabilidad ambiental como sustentabilidad del régimen capitalista. Ciencia Ergo Sum. 1, 95-101.
Gil, Ramón. (1998). Valores humanos y desarrollo personal. Madrid: Editorial Escuela Española.
Rachels, J. (2007). Introducción a la filosofía moral. México: Fondo de Cultura Económica.
Sánchez, A. (1984). Ética. Barcelona: Grupo editorial Grijalbo.
Tangencial. (2002). Manifiesto por la vida por la ética para la sustentabilidad. Ambiente & Sociedad, vol. V, núm. 10, pp. 1-14.
United Nations Framework Convention on Climate Change (UNFCCC). Protocolo de Kioto. (2014). Recuperado de: http://unfccc.int/portal_espanol/informacion_basica/protocolo_de_kyoto/items/6215.php
World Commission on the Ethics of Scientific Knowledge and Technology. (2010). The Ethical Implications of Global Climate Change. París: UNESCO.
Complementarias
McLamb, E. The Ecological Impact of the Industrial Revolution. (2011). Recuperado de: http://www.ecology.com/2011/09/18/ecological-impact-industrial-revolution/
United States Enviromental Protection Agency (EPA). Couses of Climate Change. (2014). Recuperado de: http://www.epa.gov/climatechange/science/causes.html

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