miércoles, 8 de mayo de 2019

Evitar el desperdicio de alimentos en Jalisco, ¿Responsabilidad del gobierno, del productor o del ciudadano? Anaid López Sánchez

Resumen
El desperdicio de alimentos es una problemática mundial que va en ascenso. Según estudios de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, más conocida como FAO, 1.3 billones de toneladas de alimentos no cumplen su función de nutrir al ser humano y son desechados a nivel mundial. Esta problemática no sólo tiene graves perjuicios ambientales y económicos, sino que también atenta contra los derechos humanos y dignidad de la sociedad y viola el principio de sostenibilidad. Por lo tanto, es importante determinar en quién recae la responsabilidad de reducir el desperdicio de alimentos.
Palabras clave: Desperdicio de alimentos, Derechos humanos, dignidad, sostenibilidad, responsabilidad

Introducción
A nivel mundial un tercio de los alimentos producidos son desperdiciados, es decir, 1.3 billones de toneladas de alimentos no cumplen su función de nutrir al ser humano y son desechados (Aguilar, 2017). De forma paralela, 821 millones de personas tienen una dieta alimentaria insuficiente por cantidad o por nutrientes (FAO, 2011). Esta problemática no está lejos de la realidad de los jaliscienses, actualmente no existen estudios estatales que cuantifiquen el desperdicio de alimentos, sin embargo, a nivel nacional el comportamiento es similar al mundial, 1/3 de su producción de alimentos se desperdicia, es decir, 20.4 millones de toneladas de alimentos (Aguilar, 2017). Este desperdicio se presenta en cada una de las etapas de la cadena de suministro, desde su producción hasta su venta al por mayor o a particulares. Valdría la pena preguntarse quién es responsable de evitar o reducir el desperdicio de alimentos. ¿Es cuestión de regularización mediante leyes? ¿Se trata de tecnificación en el campo para aumentar rendimientos? O ¿La responsabilidad recae en los hábitos de consumo del ciudadano promedio?
Antes de comenzar con los roles que desempeñan el gobierno, el productor y el ciudadano en el desperdicio de alimentos es necesario hablar de la responsabilidad. La elevación de la responsabilidad es unos de los índices fundamentales en el progreso moral. Para que una persona o entidad pueda ser juzgada por una falta de responsabilidad moral deben de existir dos condiciones fundamentales. Primeramente, que el sujeto no ignore las circunstancias ni las consecuencias por su acción, es decir, que la conducta tenga un carácter consciente. Sin embargo, no en todos los casos la ignorancia de las consecuencias puede justificar una intromisión a la moral, sólo cuando el sujeto no es responsable de su ignorancia. El segundo fundamento corresponde que la causa de sus actos esté en el sujeto propio y no en otro agente; es decir, la responsabilidad es resultado de la consciencia y de la libertad. (Sánchez, 2006).

El gobierno
El papel principal de un gobierno se centra en satisfacer las demandas y necesidades de las personas que integran el Estado, es decir, los ciudadanos (González, 2016). Sin embargo, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, el 11.2% de la población jalisciense posee un ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo, por lo que le es imposible adquirir los alimentos indispensables para tener una nutrición adecuada, derecho fundamental del ser humano (CONEVAL, 2017).
Una alimentación insuficiente, ya sea por escasez o por falta de nutrientes, atenta contra los derechos humanos y la dignidad. La dignidad, según Kant, es el valor intrínseco que posee todo ser racional. A su vez, las metas de estos individuos son de igual valor, por lo que existe el estricto deber de esforzarnos por satisfacer las necesidades básicas y así fomentar el cumplimiento de los fines ajenos (Rachels, 2006). La dignidad está íntimamente relacionada con los derechos humanos, ya que estos se definen como la conexión entre la dignidad humana y sus necesidades básicas. Estos representan las exigencias básicas derivadas de la dignidad, la libertad y la igualdad de las personas (Barba, 1997).
Las políticas de seguridad alimentaria son las herramientas del gobierno para asegurar el derecho fundamental a una alimentación adecuada de sus ciudadanos. La seguridad alimentaria está compuesta por cuatro pilares: disponibilidad, acceso, uso de los alimentos y estabilidad de la oferta (Urquía, 2014). Si cualquiera de estos cuatro pilares no se cumple se llega a una crisis alimentaria. Una alimentación saludable es indispensable para el desarrollo y el bienestar de un ser humano (Andrade & Cecilia, 2012). La seguridad alimentaria es un derecho a políticas que aseguren el cumplimiento de los cuatro pilares (Bianchi & Szpak, 2016).

El productor
La concepción de la agricultura cambió radicalmente con la corriente maltusiana que originó la revolución verde en 1798; a partir de esta fecha el enfoque principal fue incrementar el rendimiento de los cultivos a través del avance científico y tecnológico para satisfacer la demanda creciente de la humanidad (Pérez, 2005); sin embargo, hoy en día el 40% de los alimentos son desperdiciados en la etapa de producción (FAO, 2013); siguiendo esta tendencia, en Jalisco, como el gigante agroalimentario de México, el desperdicio de alimentos asciende a más de 2 millones de toneladas por año (SIACON, 2018).
Según la Encuesta Nacional Agropecuaria realizada por INEGI en 2017, el 1.2% de este desperdicio de alimentos se les atribuyen a causas naturales como plagas, condiciones climatológicas poco favorables, entre otros. Es aquí donde deberíamos preguntarnos qué ocurre con el 98.8% restante. Este alarmante porcentaje de alimentos desperdiciados en el campo se les atribuyen principalmente a causas humanas como el incorrecto manejo de alimentos en la cosecha y traslado, almacenamiento inadecuado, uso excesivo de químicos, fertilizantes y abono, exceso de producción, problemas con la venta del producto, entre otros (INEGI, 2017).
El enfoque del sistema actual atenta contra la sostenibilidad y es una amenaza a la justicia intergeneracional; este modelo plantea observar un campo de producción agrícola únicamente como una unidad económica donde predomina la utilización de prácticas de cultivo inadecuadas y depredadoras de recursos naturales no renovables, trayendo consigo la pérdida de biodiversidad, degradación de los suelos y contaminación de aguas superficiales y subterráneas. Este modelo de trabajo en el campo amenaza a mediano plazo con devastar las condiciones que hacen posible la vida en el planeta Tierra no sólo para los seres vivos que lo habitan sino también para las futuras generaciones (Pérez, 2005).
Bajo este antecedente, las personas que trabajen en el campo deben de estar orientados hacia la sostenibilidad, para así lograr un equilibrio económico, social y ambiental. Según Leff, la sostenibilidad sólo es alcanzable mediante un código ético en el que seamos capaces de comprender que las necesidades propias están irremediablemente ligadas a la convivencia y el reconocimiento de los límites que nos pone el medio ambiente; el núcleo de la sostenibilidad reside en la transición del pasado a la construcción del futuro, encarando los problemas que nos plantea el cambio de la era de la economía a la era de ecología (Leff et al, 2002).

El ciudadano
El 24% del desperdicio de alimentos ocurre en la etapa de distribución y consumo en la cadena de suministro; a su vez, se ha encontrado la tendencia que, entre mayor sea el poder adquisitivo de la región mayor será el desperdicio de alimentos (FAO, 2013). Se le atribuyen 3 causas principales: causas sociológicas como el ritmo de vida y la estructura familiar; el desconocimiento de los sistemas de conservación de alimentos y las prácticas comerciales como la publicidad y ofertas promocionales que animan a comprar al consumidor cuando este no lo necesita (Xavier & Gascón, 2014).
Impulsados por las tendencias del consumismo, el ciudadano promedio decide descartar alimentos aptos para nutrir a un ser humano debido a que no cumplen características impuestas por el mercado como el color, la forma o el tamaño. Al realizar el descarte de este alimento se está cometiendo un acto de negligencia hacia el bienestar del ser humano, se violan las obligaciones intrínsecas del ciudadano. Desde una perspectiva progresista, la ciudadanía no se basa en la filiación, sino en un contrato social. El ciudadano al contar con derechos de forma intrínseca también se le adjudican responsabilidades hacia su entorno social, ambiental y político (Vieira, 1998). Según Hobbes, el contrato social reconoce 4 hechos básicos de la condición humana en la que destaca la igualdad de necesidades entre los humanos, es decir, todos necesitamos de las mismas cosas básicas para sobrevivir como lo es el alimento. El segundo hecho reconoce la escasez de los bienes (Rachels, 2007). Es así como, al desechar un alimento que pudo haber sido apto para el consumo humano se priva la oportunidad de otro para nutrirse de este recurso escaso y se viola el principio de cooperación para asegurar la garantía del contrato social.

Conclusión
Tomando en cuenta la definición de responsabilidad antes mencionada, la responsabilidad el desperdicio de alimentos recae en el gobierno, el productor y el ciudadano ya que existe plena consciencia de los actos ejecutados y sus consecuencias y se suscita en todas las etapas de la cadena de suministro de alimentos por múltiples razones, sin embargo, en la etapa de producción con un 40% de los alimentos desperdiciados se debe apostar a tecnificar los métodos de cosecha, transporte y almacenaje para evitar la deterioración de los alimentos aptos para el consumo humano; a su vez, es vital importancia que exista un sistema eficiente de redistribución de alimentos para que, aquellos alimentos que no pudieron ser vendidos por fallas de mercado puedan servir de alimento digno para las personas mediante bancos de alimentos u otras organizaciones.
Para poder lograr el mayor bienestar posible en Jalisco es necesario que actores claves gubernamentales, productores y ciudadanos actúen en sinergia. Es imperativo que las obligaciones no recaigan solamente en un actor, ya que, la excesiva operación de uno puede invalidar al otro y viceversa. El gobierno debe de ejercer políticas claras que salvaguarden la seguridad alimentaria de los habitantes del Estado, los productores deben de ejercer procesos que aseguren su sostenibilidad y no se comprometan los derechos de las generaciones futuras y el ciudadano debe de cambiar sus tendencias consumistas que lo orillan al exceso y al desperdicio de alimentos.

Referencias:

Aguilar, G. (2017). Pérdidas y Desperdicios de Alimentos en México. Estudio para         el         Banco Mundial.
Barba, B. (1997). Educación para los derechos humanos. México Fondo de Cultura Económica,            pg.15-43.
Bianchi, E., & Szpak, C. (2016). Seguridad alimentaria y el derecho a la alimentación adecuada
CONEVAL (2017). Informe de la Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2016.
FAO. (2013). Food wastage footprint: Impacts on natural resources. FAO
Fernández Ruíz-Gálvez, M.E. Derechos humanos: ¿Yuxtaposición o integración? Anuario de    Filosofía del derecho, 679-701.
González Ibarra, M. (2016). Ética para Gobernar. Lecciones básicas para un gobierno   justo.    Revista Interamericana de Educación de Adultos, 38 (2),           132-135.
INEGI (2017). Encuesta Nacional Agropecuaria 2017
Leff, E. (Ed.). (2002). Ética, vida, sustentabilidad. Ministerio del Medio Ambiente.
Pérez, J. J. (2005). Dimensión ética del desarrollo sostenible de la agricultura.   Revista de        Ciencias Sociales (Ve), 11(2)
Rachels, J. (2006). Introducción a la Filosofía moral. Fondo de cultura económica, pg. 207-220.
Sánchez, M.J. (2006). Responsabilidad moral, determinismo y libertad. Capítulo V
            alimentario desde la soberanía alimentaria
SIACON (2018). Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera. Fecha de consulta:          21/marzo/2019
Urquía-Fernández, N. (2014). La seguridad alimentaria en México. Salud pública de México, 56,            s92-s98.
Vieira, L. (1998). Ciudadanía y control social. Lo público no estatal en la reforma del Estado, 215-          255
Viera Andrade, Ruth Cecilia (2012). La alimentación saludable como pilar fundamental del         desarrollo y el bienestar: análisis de los programas sociales de alimentación y nutrición            del        estado ecuatoriano y la forma en que abordan el problema de la desnutrición en el      Ecuador. Maestría en Economía con mención en Economía del Desarrollo, FLACSO Sede        Ecuador. Quito, 63
Xavier, M., & Gascón, J. (2014). Alimentos desperdiciados. Un análisis de derroche 

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